Por Renée Zamora Díaz/Psicoterapeuta Humanista.
Es una enfermedad de salud mental que tiene su origen en el funcionamiento de ciertas estructuras cerebrales. Casi todas las enfermedades mentales se producen porque hay un desequilibrio bioquímico en el cerebro. Ciertas hormonas y neurotransmisores son los responsables de que sintamos cosas. De hecho, todas las emociones se sienten en el cuerpo, son sensaciones físicas que nuestro cerebro identifica como un sentir determinado, miedo, tristeza, alegría, amor… todo esto se produce gracias a nuestra bioquímica cerebral.
Cuando se tiene una adicción, está bioquímica está descompensada y con ello todo el sentir de la persona que la sufre, por eso, los adictos se sienten deprimidos, ansiosos, irritados, apáticos, enfadados cuando no toman y eufóricos cuando toman (al menos al principio).
Otros en cambio, dejan de sentir y se vuelven fríos e insensibles. Pero, la adicción no solo afecta a la bioquímica, también a otras estructuras cerebrales responsables de tomar decisiones en base a consecuencias, estar atento, recordar las cosas, tener conciencia del tiempo, planificar, sopesar, anticipar… por eso, las personas que sufren una adicción pueden tener buenas ideas, pero grandes dificultades para llevarlas a la práctica o cometer errores simples de planificación y organización.
El vacío forma parte del sentir del adicto y se representa como una falta de sentido. Es claramente una sensación física, que cada persona interpreta de una manera diferente. Algunos lo sienten como pérdida de interés o motivación, otros como una sensación de aburrimiento o soledad o apatía. Por eso se dice que hay una abstinencia psicológica que se vive como “desmotivación”, “depresión”, “irritabilidad” e incluso ansiedad.
Mecanismos de recompensa y búsqueda de placer: Se caracterizan por la búsqueda compulsiva de placer y gratificación inmediata. A nivel psicológico, estas conductas adictivas están relacionadas con la activación del sistema de recompensa en el cerebro. Se encuentra estrechamente vinculado con la regulación emocional. La exposición continua a sustancias adictivas o comportamientos compulsivos altera los circuitos de recompensa del cerebro, provocando una mayor dependencia y dificultad para experimentar placer en otras áreas de la vida.
Patrones de pensamiento disfuncionales: Suelen ir acompañadas de patrones de pensamiento, como la negación, la minimización de las consecuencias negativas o la justificación de la conducta adictiva. Los pensamientos distorsionados contribuyen a mantener la adicción y dificultan la capacidad de enfrentar y regular adecuadamente las emociones. Además, la adicción puede generar una visión negativa de uno mismo, sentimientos de culpa y autodesprecio, lo que perpetúa el ciclo de pérdida de equilibrio emocional.
Trastornos del estado de ánimo: Están estrechamente relacionadas con la aparición y exacerbación de trastornos del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad. El consumo de sustancias adictivas o la participación en comportamientos compulsivos alteran los niveles de neurotransmisores y la química cerebral, lo que puede desencadenar desequilibrios emocionales significativos. A su vez, estos desequilibrios emocionales pueden llevar a un aumento en el consumo adictivo como mecanismo de autorregulación, creando un círculo vicioso.
Relaciones interpersonales: Tienen un impacto negativo en las relaciones interpersonales, lo que a su vez contribuye a la pérdida de equilibrio emocional. Las personas adictas pueden volverse distantes, o incluso manipuladoras en sus relaciones, lo que genera desconfianza, resentimiento y aislamiento. La falta de apoyo social y la ruptura de vínculos significativos aumentan la vulnerabilidad emocional y dificultan la recuperación y el equilibrio emocional.

